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Jorge Sanjinés: “Las crisis generan las mejores ideas” por Pablo De Vita

11.11.09

Es uno de los directores latinoamericanos más reconocidos, a pesar de haber realizado su obra en un país sin industria cinematográfica. Como pocos, retrató la realidad indígena. Sangre de cóndor, el hito de su carrera, está entre las cien mejores películas de la historia, según la Unesco. El recuerdo de sus filmes y el gobierno de Evo Morales.

¿Cómo nace su inquietud por el cine en un país que no tiene una tradición cinematográfica consolidada?

Antes de Jorge Ruiz, que es el gran documentalista del cine boliviano, se había hecho cine, incluso, en la época muda. Se filmó muy tempranamente, a comienzos del siglo veinte. Lo notable es que la mayor parte de esos trabajos está muy vinculada a la problemática social y al racismo, que se practicaba en la sociedad boliviana mucho más intensamente que ahora. Comencé a interesarme en el cine gracias a un hecho no deseable, como es el exilio.

¿Cómo es eso?

Mi padre salió exiliado rumbo a Perú y yo, que tenía 16 años, lo acompañé. Vivimos un año en Lima y otro en Arequipa. Pero ese año en Lima fue prodigioso porque, por entonces, la ciudad contaba con más de cien salas cinematográficas. En ellas se ofrecía lo mejor del cine del mundo. Ahí conocí el neorrealismo italiano y la comedia norteamericana, entre otras tendencias. En Lima, recuerdo haber visto Ladrones de bicicletas, Umberto D, Milagro en Milán, y la suerte solidaria fue que, entre los exiliados, hubo uno muy amigo de mi padre y gran cinéfilo. Los fines de semana íbamos juntos a ver las películas y él me explicaba cómo era tal o cual corriente o director y, sin darse cuenta, con esas clases semanales, me estaba formando como cineasta.

Pero llegó el día del retorno…

Regresamos, dos años después, a Bolivia y yo no pensaba en el cine, entré en la universidad para estudiar Filosofía y Letras con la pretensión de hacerme escritor. Pero en Chile, asistiendo a un cursillo de Filosofía, descubrí la posibilidad de contactarme de manera orgánica con el cine. En Santiago, supe que se estaba organizando una carrera y, lógicamente, como no se podía estudiar cine en Bolivia, decidí quedarme.

 ¿Cómo impactó en su joven mirada la impresión de la realidad latinoamericana y cómo la volcó después en el cine?

Fue determinante. Nosotros pensamos, a buena cuenta, la suma de lo que otros hombres ya han pensado. Las influencias son verdaderamente importantes en la formación de un joven y tuve la suerte, en paralelo al estudio de la técnica cinematográfica en Chile, de estar en contacto y formar parte de un grupo de intelectuales de izquierda muy inquieto y movilizado sobre la realidad de su país y de Latinoamérica. Había triunfado la Revolución Cubana y existía una gran efervescencia y enorme esperanza. Todo parecía posible y el tema de la liberación de los pueblos estaba todos los días en el tapete de las discusiones. Esto tuvo una enorme influencia en mí y, cuando regresé a Bolivia, sabía perfectamente qué tipo de cine quería hacer, era el que acompañara ese proceso de liberación, que me estaba motivando mucho.

 ¿Qué recuerda de Sangre de cóndor, de la que se cumplen cuarenta años de su realización?

Cuando nosotros nos decidimos a producir la película, no teníamos forma de movilizar un apoyo porque nadie creía posible que los norteamericanos estuvieran realizando un acto genocida en la sociedad campesina de Bolivia. Era inconcebible que a una nación con pocos habitantes -en aquél entonces Bolivia contaba con alrededor de seis millones y un nivel de mortalidad altísimo, el más alto del continente después de Haití-, se les practicara esterilización masiva a las mujeres campesinas sin consentimiento de ellas. Era algo que no podía creerse y mucha gente que apoyó la película tuvo temor de que estuviéramos manejando una información tergiversada. Cuando nos enteramos de esta noticia, nuestro primer intento fue hacer un documental, por lo que mandamos a uno de los compañeros a investigar dónde se había realizado la denuncia, pero nadie quería participar, tenían miedo. Como no podíamos hacer una película testimonial directa, decidimos hacer una ficción relatando esos hechos.

La película, incluso, tuvo problemas para estrenarse, rodeada de una gran polémica.

Cuando la película se exhibió, despertó una polémica impresionante y hasta periódicos de derecha se estaban preguntando qué pasaba, porque si la película decía la verdad, era muy grave. El Congreso y la Universidad de San Andrés formaron sendas comisiones y, luego de la investigación, arribaron a la misma conclusión: coincidieron en afirmar que la denuncia de la película era cierta y el Cuerpo de Paz del Ejército norteamericano estaba realizando la esterilización de mujeres campesinas sin su consentimiento. Eso le valió al gobierno del general Juan José Torres el derecho de expulsarlos de Bolivia. Así, una sola película sacó a un instrumento del imperio de un tirón y demostró que el cine tenía un poder de movilización político muy fuerte.

Sus películas siempre retratan la violencia, la muerte y, por otro lado, la reivindicación indígena. ¿Estas películas señalaron lo que ahora Bolivia puede conseguir con el gobierno de Evo Morales?

Es interesante la pregunta. Evidentemente, las películas tienen como protagonista a la muerte pero son un canto a la vida, porque terminan exaltando la vida. Recuerdo plenamente cuando, en 1970, me hizo una entrevista la televisión alemana y les dije que no iban a pasar más de veinte años para que Bolivia tuviera un presidente indígena. Entonces, estoy seguro, muchos pensaron que había perdido el juicio. Pero había vivido dos años en un pueblo campesino y tenía noción de que la inquietud libertaria era muy fuerte. Me impresionó mucho el celo con el que preservaron su integridad cultural, pensando en el día de la liberación, y me di cuenta de que a ese pueblo no lo iba a poder parar nadie, con todo el derecho, porque son la parte mayoritaria de la población de mi país.

¿Cuál es el lugar hoy del intelectual dedicado al cine? ¿El cine mismo devaluó su participación?

Soy optimista porque, simplemente, estamos saliendo de una crisis de valores que dejaron las dictaduras en nuestros países y, luego, el enamoramiento por el mecanismo cultural norteamericano en muchos intelectuales, que han renunciado a la idea de trabajar la identidad nacional tratando de inscribirse en una óptica hollywoodense, fenómeno que no tiene que ocurrir. También, las crisis nos ayudan mejor a entender las cosas de la vida, es necesario descender al fondo de los abismos para mirar la luz de las cosas. Son las crisis las que han generado las mejores ideas y los países que no se enfrentan a esto no producen ni ideas, ni arte.

Fuente: elcine.ws

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